Sinceramente no sé qué es lo que nos perdió. Cuál fue el momento exacto, si es que lo hubo (motivos todavía me lo pregunto), en que dejamos de entendernos. Y tú te fuiste o quedaste a vivir una vida igual, y yo me fui o quedé, también para vivir lo mismo. Pero las dos más solas.
Y tú hiciste mil fotos. Yo no hice ninguna porque, sinceramente, nunca se me dio bien hacerlas. Tú creciste. A tu manera, claro. Yo crecí, a la mía. Incomparables. Injuzgables.
Yo seguí escribiendo en el mismo blog que va a cumplir tres años. Tú ibas cambiándolos. Yo dejé de escribir en todo lo demás, supongo que tú continuabas.
Mis éxitos dejaron de ser tus éxitos. Y los tuyos ya no fueron míos.
Ya no conozco tus aventuras. Las mías tienen otros protagonistas. Dejamos de compartirlas.
Hay cosas de mi pasado que ahora no me gustan. Aunque en su momento implicaron conocerte.
No hubo momento exacto, pero fue el año 2005 el que nos comenzó a separar. A mí me dolían cosas pero me callaba, porque siempre pensaba que empujando, empujando, las cosas serían como antes, que nunca se irían extinguiendo. Pero me equivoqué. Empujaba igual, sin cansarme, sin querer ver que eso que habíamos construido, tan sincero y bonito, se estaba yendo a la mierda sin remisión.
Cada vez ese apartado de "cosas que duelen" se iba haciendo más grande, en parte porque era un habitáculo frágil y muy sensible (estaba enamorada de ti), y poco a poco las fuerzas, o las ganas, se resentían, lógico y normal. Dependía de ti, y me dolía que todo se fuera al garete a pesar de ello.
Daba mucho porque mis sentimientos eran algo más, por eso el dolor era tan agudo, por eso la dependencia me mataba tan suavemente.
Luego vino Roma y más momentos importantes que sangraban.
Pero después de Roma, aún no sé cómo, todo en el fondo dejó de importarme, no fue de un día para otro, pero en general... sencillamente dejé de empujar (y me dolía, y pensaba que no lo tenía que hacer), fue algo casi inconsciente.
Echo de menos muchísimas cosas que compartíamos, un abrazo amigo cuando hacía falta, conversaciones interminables sobre lo divino y lo humano... sería una necia si no lo admitiera, que todavía no he encontrado a nadie con quien congenie igual.
Pero también sé que dejar de empujar fue una de las decisiones más valientes y acertadas que tomé en mi vida.
Ahora, mi vida es muy mediocre y normal. Como la tuya. Estoy comenzando a escribir de nuevo, aprendiendo más cosas, conociendo gente, atreviéndome a decir las cosas que pienso, a discutir por lo que creo. Ya no hay medias tintas ni iniciación ni crecimiento. Ahora soy adulta, y aunque a veces me asuste... en general me gusta.
